- A la cola, como todo el mundo.
Obligado por esa voz de mando a medio formar, me coloco al final de la eterna fila que nos conduce a la empachada boca del subsidio. La sobrealimentada columna de desempleados mira de reojo al vigilante de seguridad mientras éste continua sobresaltando a los taciturnos seres que aparecen por la puerta de entrada. El tiempo pierde su valor hasta que llego a la ventanilla y, tras sellar mi último salvoconducto, me dispongo a salir a otra ociosa mañana. Antes de irme reconozco al fogoso vigilante ocupando ahora el último eslabón de la cadena.
- ¿El último, por favor?

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